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Haití un problema manifiestamente político
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¿Qué va a ser del país cuando se retiren las brigadas internacionales, los grupos de apoyo, las ayudas millonarias de estos días? Sin unas mínimas infraestructuras, se enfrentará de nuevo no tanto con un futuro incierto sino con un pasado que nunca ha sido capaz de consolidar. Por esta razón, el problema fundamental de Haití no es de ayuda económica, sino las cuestiones de fondo que permanecen intactas. Enumerarlas ha sido el trabajo de los propios analistas haitianos que no tienen pelos en la lengua y han sido, tal vez, más lúcidos y crueles consigo mismos que yo pueda parecerlo ahora. La primera grave carencia es la excesiva dependencia económica del exterior. Incluso para la adquisición de los alimentos básicos como es el arroz, el aceite para cocinar, el azúcar y por supuesto al petróleo, que ahora generosamente surte Venezuela con precios políticos. Estos capítulos rozan el 60% de dependencia.

Mientras esta realidad no hiera la dignidad de Haití frente a su propia imagen de “mendigo permanente” de las instancias internacionales y las “remesas” familiares, será imposible que se dé una reacción saludable de la que brote una nueva y radical forma de hacer política.

Otra grave carencia se manifiesta, por ejemplo, en el éxodo masivo de profesionales haitianos hacia Canadá o EE.UU. Se habla de listas de espera en la Embajada canadiense, o de USA de más de 30.000 de ellos. La fuga de cerebros ha sido constante y sigue imparable. Peor aún, la fuga de brazos, tal vez los más fuertes y decididos, es también una sangría permanente: República Dominicana tiene más de 800.000 hasta alcanzar prácticamente los tres millones de migrantes en el mundo entero. ¿Cómo puede subsistir un país del que emigran los hombres y mujeres más dotados?

De los grupos sociales que permanecen en el país, el más significativo por su poder económico, tal vez no alcanza el 10% de la población y que percibe un índice importante del PIB, se desentiende de su estado de postración. Sin duda han puesto en marcha algunos negocios muy rentables, pues apenas tienen que pagar impuestos y contratan a los trabajadores por salarios casi miserables. ¿Cómo puede crearse en el país una incipiente clase media con estos salarios de miseria? El resto de la población intenta sobrevivir a base del trabajo informal, casi en un 80%, vendiendo frutas, legumbres y chucherías. Para mí, Haití es uno de los países del mundo con menos productividad y valor añadido. Millones de personas malviven al paso de los días con estas ínfimas ganancias.

¿Qué clase de cultura puede generar esta forma de vida? ¿Qué calidad puede tener la enseñanza universitaria, casi sin los medios más precisos? La huelga de los estudiantes de Medicina y Farmacia cumple ya un año, mientras siguen reclamando que ciertos cursos no se conviertan en simples seminarios. Sin biblioteca, sin medios para el transporte, sin facilidades para el comedor y pocas becas, los más decididos optan por ir a Cuba a estudiar medicina.

Los Partidos políticos mantienen este nombre pero apenas si puede decirse que lo son. Más bien son grupos de presión, con ciertos intereses políticos muy particulares, por no decir personales, sin casi un programa que ofrecer a la ciudadanía y en ocasiones con candidatos que están bajo sospecha de haber cometido algún delito. De nuevo, con esta “cultura política” ¿qué futuro nuevo puede ofrecerse al país que tiende a ignorarlos casi por completo? Después de este terremoto, no sé si habrá capacidad de celebrar las elecciones al Parlamento y a un tercio del Senado. Nadie ha dicho nada aún acerca de alguna alternativa razonable que evite el vacío de poder legislativo. Parece que los Diputados ya han solicitado prolongar su mandato dos años más.

Sin una o varias nuevas generaciones de políticos, con nueva visión, tal vez al estilo del primer tiempo de Aristide (y por esto algunos gobiernos foráneos se preocuparan por desplazarle), y de fuertes organizaciones cívicas, urbanas y rurales, y tal vez unos municipios con mayor autonomía de acción, va a ser difícil dar un vuelco a una situación tan precaria y casi caótica, como corre el riesgo de convertirse la etapa que nos espera. Creo, sin embargo, que existe una verdadera capacidad organizativa desde las bases populares demostrada en un pasado no demasiado lejano, en los años 60 hasta los 80, que luego desaparecieron…

Los actuales movimientos populares espontáneos (a causa de la hambruna), si se logran canalizar, podrían ser una fuente de energía y de control político y social, desde las bases mismas de la sociedad. Y si no se consigue, cabe el riesgo de una explosión popular de consecuencias imprevisibles. Esta falta de liderazgo pleno y honesto marca hoy por hoy en profundidad un Gobierno que en las 24 primeras horas después del terremoto no había dado aún señales de vida y sin haber creado un gabinete o algo parecido para gestionar la crisis que se había venido encima.

Finalmente quiero destacar (dejando a un lado porque desconozco cómo se mueve en el país el narcotráfico), la fuerte corrupción que permea las diferentes instituciones, especialmente la Justicia. Sin duda se había hecho últimamente un esfuerzo por reducirla. ¿En qué quedará ahora en un país destrozado? Pero no se trata tan sólo de corrupción institucional. El pueblo participa, incluso sin darse cuenta y esto es lo peor, de este juego peligroso que no permite ser transparente en la misma vida diaria. La pobreza misma, tan evidente en todas sus manifestaciones, llega incluso a impedir la propia libertad individual y lleva a reaccionar en la vida diaria a base de compulsiones, de actitudes de autodefensa por todos los medios, para salir precisamente de la pobreza que ahoga una mínima seguridad en la vida personal, familiar y del propio clan o grupo humano al que se pertenece.

No quiero acabar esta reflexión sin referirme al papel que están ejerciendo las numerosas ONGs que pululan en el país, sin duda con buenas intenciones pero sin atender al fondo del problema. Mi convicción es la siguiente: sin unas ONGs lúcidamente politizadas, es decir, conscientes de las consecuencias políticas de sus actividades, más bien retrasan e impiden que Haití sea capaz de valerse por sí mismo.

Concluyo: el esfuerzo de imaginación, creatividad y coraje político que Haití ha de desarrollar a partir de ahora es tan grande, que temo corra el peligro de caer una vez más en los brazos de ciertas “solidaridades”, que éstas sí tienen muy claro cuál es su objetivo “ayudando” a la “reconstrucción” de un pueblo que merece otro destino.

Tres o cuatro pinceladas de esperanza: cada mañana, multitud de niños y jóvenes se dirigen a la escuela con sus variopintos uniformes, a pesar de que todavía existe un 40% sin escolarizar. En las dos Universidades más importantes de la República Dominicana estudian más de 6.000 jóvenes haitianos. El mundo artístico haitiano, historia, literatura, poesía, pintura, novela, música, es de una riqueza extraordinaria. Falta, a mi entender, una inquietud política de fondo, una denuncia y una pasión implacables de lo que observan a su alrededor.

Mientras escribo, en estos días en plena labor de rescate de víctimas y entrega de alimentos indispensables, se están celebrando reuniones en nombre de la sociedad civil, para reflexionar cómo enfocar la vida del país en el futuro. Me queda, sin lugar a dudas, la hermana pequeña, la esperanza, como solía decir Charles Péguy. Ella seguirá acompañando a quienes amamos a este pueblo, a pesar de acontecimientos tan devastadores como el terremoto que acabamos de padecer.

Ramiro Pàmpols, sacerdote obrero y jesuita de Catalunya. Director adjunto de las escuelas rurales Foi et Joie en Port-au-Prince, enero 2010.

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