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Orar en el día de la tierra, aprendiendo de los testigos
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Nazaria Ignacia

Nazaria Ignacia, era una contemplativa de la creación y una gran comunicadora, a través de ella transmite el amor, la bondad, la ternura de Dios a sus criaturas: "La tierra nuestra madre y nuestro sustento. Dios se apresura a darle un vestido verde digno de su magnificencia y de su bondad". " Paremos la atención, al ver entre colores tan bellos, escoger a Dios el verde para el vestido de la tierra". Mi corazón rebulle, se agita dentro de mi pecho miserable, quiere romper esa cárcel humana, que la oprime, y correr y posarse en todo lo creado para cantar desde allí, un himno al Dios creador.... Levantaos amigos y arrojaos para siempre en el corazón de vuestro Dios, usad, usad de las criaturas, usando de ellas, ¡entendedlo bien! con esa medida prudentísima del "Tanto cuanto" medida ignaciana, que elabora y condimenta, ese pan misterioso que se llama "perfección santidad" y que es justicia, y prudencia..."(LS. 69) Oración-silencio

Francisco de Asís

Francisco de Asís era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior. Cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas. Él entraba en comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las flores «invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón»… Para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, «lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas»… (LS 11-12). Oración-silencio 

Juan de la Cruz

San Juan de la Cruz enseñaba que todo lo bueno que hay en las cosas y experiencias del mundo «está en Dios eminentemente en infinita manera, o, por mejor decir, cada una de estas grandezas que se dicen es Dios». No es porque las cosas limitadas del mundo sean realmente divinas, sino porque el místico experimenta la íntima conexión que hay entre Dios y todos los seres, y así «siente ser todas las cosas Dios». Si le admira la grandeza de una montaña, no puede separar eso de Dios, y percibe que esa admiración interior que él vive debe depositarse en el Señor: «Las montañas tienen alturas, son abundantes, anchas, y hermosas, o graciosas, floridas y olorosas. Estas montañas es mi Amado para mí. Los valles solitarios son quietos, amenos, frescos, umbrosos, de dulces aguas llenos, y en la variedad de sus arboledas y en el suave canto de aves hacen gran recreación y deleite al sentido, dan refrigerio y descanso en su soledad y silencio. Estos valles es mi Amado para mí» (LS 234). Oración-silencio

Patriarca Bartolomé

El Patriarca Bartolomé llamó la atención sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales, que nos invitan a encontrar soluciones no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontaríamos sólo los síntomas. Nos propuso pasar del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desperdicio a la capacidad de compartir, en una ascesis que «significa aprender a dar, y no simplemente renunciar. Es un modo de amar, de pasar poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios. Es liberación del miedo, de la avidez, de la dependencia». Los cristianos, además, estamos llamados a «aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta» (LS 9). Oración-silencio


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