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¿Qué es el diálogo interreligioso?
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La riqueza de lo diferente.
Valor teologal de la diferencia.

Es conocida la parábola oriental de aquel elefante rodeado por cinco ciegos. Uno de ellos, tocando una de sus patas, creía estar ante la columna de un templo; otro, tomando su cola, creía tener una escoba en las manos; a otro, palpando su vientre, le parecía estar bajo una gran roca; otro, dando con la trompa, se asustaba creyendo que tocaba una gran serpiente; el último, palpando sus colmillos, pensaba en la rama de un árbol. Y se ponían a discutir entre ellos sobre la certeza de su percepción y la infalibilidad de su interpretación.

Esta parábola, en su aparente simplicidad, arroja una triple luz a nuestro tema: 1. En primer lugar, remite al carácter analógico del conocimiento religioso: las identificaciones (pata-columna; cola-escoba; vientre-roca, etc.), sin ser descabelladas, son del todo insuficientes. Una insuficiencia que nos causa incluso ternura y compasión, que es lo que le debe suceder a Dios ante nuestras aproximaciones dogmáticas. En la teología clásica ya se decía que en la analogía sobre el conocimiento de Dios, es mucho mayor la desemejanza que la semejanza. 2. En segundo lugar, muestra el carácter condicionado de toda interpretación: reconocemos la realidad a partir del conocimiento que tenemos de otras cosas, haciendo que toda percepción esté condicionada por las experiencias previas y por los cánones interpretativos que nos proporcionan nuestras propias referencias. 3. Por último, muestra que la Realidad total es más, mucho más, que la prolongación o dilatación de una de sus partes. No se trata de relativizar la verdad de cada religión, sino de creer que hay una Verdad más alta, jamás abarcable por nuestras verdades parciales.

Sin embargo, la tentación de toda religión es creer que ella, en virtud de una Revelación sobrenatural, tiene la visión global del Elefante, y que son las demás las que, en el caso de concederles algo de verdad, perciben tan sólo alguna de sus partes. Si todas las religiones son susceptibles de pensar esto, significa que, de hecho, no hemos superado la posición de los ciegos. Desde una perspectiva antropológica, ninguna religión puede autoconstituirse en una meta-religión que mirara a las demás desde lo alto. Las religiones son puntos de vista. Sólo Dios es el Punto desde el cual todo es mirado. Con todo, se constata el fenómeno de que en el interior de cada religión se produce una suerte de elevación, con una elaboración teológica adyacente, que trata de situarse en ese meta-lugar. Este cambio de perspectiva sólo es legítimo si conlleva un cambio de actitud: es meta-lugar si no compite con los demás meta-lugares, sino que permite observarse mutuamente sin competir, sin devorarse, sin descalificarse; al contrario, agradeciéndose, reverenciándose recíprocamente, tratando de percibirse y recibirse como complementarios. Desde esta actitud, nos podemos enriquecer unos a otros por el modo específico con que cada religión se aproxima al Absoluto o a la Realidad Trascendente:
-  Entre las religiones monoteístas, el Judaísmo aporta la experiencia de un Ser innombrable pero personal, que es fiel y que aglutina a un Pueblo, restableciendo continuamente su Alianza con él; el Islam ofrece el Dios que trasciende toda imagen y que ordena la vida en torno a unas prescripciones accesibles a todos, ritmando la jornada en torno a las cinco oraciones diarias; el Cristianismo, la concepción de un Dios que es comunión de relaciones extáticas, y que tanto ha salido de sí, que se ha hecho uno de nosotros, revelando el carácter sagrado del hermano.
-  Entre las religiones orientales, el Hinduismo aporta la manifestación múltiple de la Divinidad, a la vez que proporciona métodos concretos para alcanzar la esencia divina que está en todo ser humano (atman); el Budismo aporta, a través del Silencio, la purificación de toda concepción mental de Dios, a la vez que ayuda a liberarse de las diferentes formas del dolor a través de la disolución del yo; el Taoísmo aporta la noción del Vacío como camino de plenitud, a través del actuar espontáneo; el Confucionismo, la veneración del orden social y el respeto por la memoria de los antepasados; en un momento en que hemos empobrecido nuestra relación con el mundo por nuestra compulsión utilitarista, las llamadas religiones animistas aportan su capacidad de percibir el "alma" de las cosas; y en un tiempo en el que el Planeta está amenazado por las devastaciones ecológicas, las religiones amerindias aportan su veneración por la Madre Tierra (Pacha Mama) y el valor sagrado de la naturaleza.

Entre estas aportaciones y mutuos enriquecimientos, cabría incluir lo que la postura no-creyente también aporta a las religiones: su aceptación de la finitud, la opción por lo que se podría llamar lo "contingente-concreto" -o el dios de las pequeñas cosas-, que ayuda a las creencias religiosas a purificarse de pretensiones y ensoñaciones que a veces las distraen de lo concreto. El agnosticismo enseña un camino de humildad y de pudor apofático, tal como sugería Wittgenstein: "Lo verdaderamente importante es precisamente aquello de lo que no podemos hablar" (Tractatus, 6.432). A veces, nuestro exceso de palabras sobre Dios es lo que nos aleja de muchos contemporáneos que viven el día a día, tratando de ser honestos en su religación con lo cotidiano.

Javier Melloni sj.

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